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MUNCH GRITA EN CINE
PATRIMONIOS  CULTURALES   // CINE //  ARTES VISUALES  //  Publicado el 22 de febrero de 2019  //  16.45 horas, en Bogotá D.C. 

 

MUNCH GRITA EN CINE

 

En las salas de cine de Colombia se presenta en este fin de semana un documental sobre la obra y vida del pintor noruego Eduard Munch, aquel del famoso cuadro “El Grito”, una de los mayores iconos del expresionismo, realizado por un artista que fue precursor de esa corriente determinante del arte del siglo XX. El ciclo de Cineco Alternativo, que desarrolla la empresa de proyecciones Cinecolombia, incluyó a este pintor en la dinámica que integra a otros grandes de la plástica universal. El mencionado cuadro es una patética  y fantasmagórica imagen sobre fondo indefinido y colorido de fuerte trazo que ha  tenido un extenso recorrido, acompañando mensajes de distintos augurios y situaciones dramáticas, a lo largo del siglo XX. En realidad fue en principio una bucólica representación de Munch sobre el crepúsculo invernal en su nativa Noruega. La imagen tuvo una repercusión inesperada por el choque de emociones que están en su origen así como también en la percepción que genera. El  documental se realizó con ocasión de la muestra magna que  se realizó en su país, hace ya más un lustro, con ocasión del 150 aniversario del nacimiento del artista.

En aquella retrospectiva se unieron los museos Nacional de Oslo y el que lleva el nombre del artista, también localizado en la capital noruega, para realizar una muestra que reunió 220 cuadros -otros datos aumentan la cifra hasta 250- de un pintor prolífico pues dejó más de mil obras de su producción a lo largo de su extensa vida. Munch murió en 1944 en su país, entonces ocupado por Alemania. Vivió en tránsito de grandes cambios sociales, políticos y geopolíticos que cubrieron la segunda mitad del siglo XIX y la primera de la centuria pasada. Fue por eso que abrevó en el conocimiento de las vanguardias que en Francia representaron el impresionismo y el postimpresionismo, para anclarse después en el expresionismo radical que, como en el caso de su obra más famosa, muestra su condición precursora de un movimiento estético que tuvo buena parte de su desarrollo en la Alemania entre guerras y en donde el artista hizo una parte importante de su carrera como creador, aunque el último tramo de su vida lo encontró trabajando en su país natal.

Aquel cuadro que universalizó a Munch tiene al menos cuatro versiones del propio pintor y fue sometido a la sustracción por parte de los ladrones de arte, con mayor o menor ventura en lo que hace a la integridad original de la obra, aunque finalmente recuperados.  El autor de “El Grito” dijo alguna vez que el trabajo surgió del fondo de un atardecer que como todo crepúsculo del norte del planeta suele ser largo y se viste de púrpura, el cual para  la ocasión y en la versión del pintor lo hundió en la ansiedad. Sobre el fondo sobrecogedor del cuadro con su pátina de color alucinante aparece esa figura humana, cuyo protagonista imaginario podría estar al límite de la locura y la desesperación.  No es posible saber si la imagen de esa persona es el mismo pintor, aunque sin duda representa estados de ánimo que embargaron a Munch en muchos momentos de su traumatizada vida, atravesada por el tornasol del reconocimiento público y la tragedia personal. Su niñez estuvo marcada por el golpe de la muerte de su madre y luego de su hermana, ambas arrastradas por la misma enfermedad: tuberculosis.

Después, otra de sus hermanas quedó afectada por la locura. Esa situación fronteriza con los estados mentales alterados lo acompañaron durante su existencia, en tiempos en que el psicoanálisis hacía carrera para entender aquello que no estaba asociado de manera lineal con lo que exigía el sistema social y el acotamiento de lo “normal” en el comportamiento individual y social. Munch desplazó todo aquello que pesaba en su subjetividad a la explosión creativa propia, que no fue solo un espejo de sus pesares sino también de búsqueda de un sentido viable de la vida, incluida la del artista y la del género como un todo. Vivió su niñez y adolescencia, la secuencia más dura de su diario existir, en la ciudad que es hoy capital capital del reino noruego: Oslo, por entonces llamada Cristiania. Su padre estuvo a su lado durante todo ese proceso de crecimiento, en un marco de costumbres rígidas por la profesión militar del progenitor y la cultura protestante no solo de su hogar desarticulado sino del entorno social. Apenas pisando la adultez abandonó los estudios de arquitectura y abrazó el oficio del pintar.

 EDUARD MUNCH - Autorretrato                                  "EL GRITO"

Aunque su padre no aprobó el salto de curso que le dio a su vida no dio el brazo a torcer y poco después llegaría a París becado para adelantar los nuevos estudios en artes plásticas. Allí terminó de definir su estilo alternando con las figuras del momento en las vanguardias y sin que se apartara de ir asentando su estilo, cuyas influencias y continuidades se perfilaron dentro de lo que él autodefinía como “personalidad compleja” y con frecuencia tan refractaria como neurótica. Siempre afirmó que los conflictos que afrontó y arrastró en el origen fueron en realidad la base de su talento, en expresión reiterada que nunca pretendió ocultar y fueron pancarta de seguridad personal ante lo que hacía en el arte. Después de un largo y exitoso paso en el próspero Berlín previo a la Primera Guerra Mundial retornó a su país ya separado de Suecia y allí continuó una carrera, que no estuvo exenta de controversias aunque también cargada de reconocimiento al prestigio internacional del que ya disfrutaba desde antes del retorno a Noruega. Esto además de una cierta tranquilidad de las finanzas personales, que llegó ya en etapa madura de existencia y producción artística.

Fue allí donde realizó aquel cuadro que lo hizo trascender y otros que no solo representan las angustias propias del expresionismo sino también de exaltación vital, con un barniz subjetivo de evocación pagana. Algo nada extraño en una cultura de fuerte y vertical cuña cristiana pero que no podría negar el atavismo de los bosques y de lo que fue la tribalidad vikinga. Vale señalar que en 1884, cuando “El Grito” vio la luz hizo explosión en el lejano Oriente el volcán Krakatoa, cuyas cenizas se expandieron por el planeta y, en el caso de noruego, le dieron a su cielo lo acentuado del  color, que fue elemento básico de la composición en la obra referida. Uno de los cuadros de la serie alcanzó en subasta, hace unos años, un valor de 120 millones de dólares. El equipo de filmación del documental que se  presenta desde hoy 22 de febrero y hasta el domingo 24 en las principales capitales colombianas, estuvo dirigido por Phil Grabsky y apoyado por el trabajo de producción y edición de Seventh art production. La obra fílmica llega tarde a estos lares, como todo, pero es preferible que sea así a nada sobre lo hecho por un artista que supo gritar sus angustias (aresprensa).  

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Actualizado: viernes 22 febrero 2019 20:43
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"el grito" munch 150

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